Aceptar que somos personas es el paso necesario en nuestra tarea.
Miguel Ángel López Flores
Siempre será un honor contribuir en un espacio crítico, dedicado al análisis del problema social y encaminado, principalmente, a contribuir a la mejor comprensión del contexto nacional por parte de quien nos lea. Ojalá así sea. Esa es nuestra única misión, y me uno a ella de la mejor manera: con el siguiente texto, en el que se definirá a la comunicación política y la función que le corresponde dentro de nuestra dinámica social.
La comunicación es y será siempre la actividad madre de la sociedad, el verbo que encamina a los individuos en sus relaciones con los demás, la forma en la demostramos la necesidad natural de conllevar el mundo con nuestros semejantes. De igual forma, ha permitido, desde la primer civilización, que las personas compartamos nuestros sentimientos, deseos, gustos, temores, amores, pasiones, miedos y demás situaciones que se confeccionan en la mente; convirtiéndose en la médula de la sociedad, toda vez que, por ejemplo, haciendo uso del lenguaje, la comunicación ha heredado, a través del tiempo, todo el bagaje cultural y científico de la humanidad.
Si bien es cierto, y como todos sabemos, la actividad humana no se desarrolla desde esta visión “rosa” y pacífica, puesto que, si nos dejáramos llevar por nuestras deseos y demás, caeríamos en un sin sentido. Para controlar precisamente la acción humana, con el tiempo se han desarrollado instituciones con el único fin de controlar y guiar a la sociedad a un mismo bien común.
En otras palabras, se crearon la política y los políticos. Estos últimos, representantes de todos aquellos que convivimos día a día en las sociedades y quienes llevan a la acción dicho ideal. La política, es definida como “la actividad humana, fundada en intereses, justificados ideológicamente, que pretende conseguir objetivos para toda la comunidad, mediante el ejercicio del poder público organizado y el influjo sobre él”[1].
Los políticos, en resumen, emplean el poder otorgado por sus representados para conducirse y, en teoría, emplearlo para que todos vivan tranquilos y con las condiciones, por lo menos, mínimas para la satisfacción de sus necesidades básicas.
Pero, ¿cómo precisamente se logra llevar a cabo dicho objetivo? ¿Cómo controlar el uso del poder? ¿Qué actividad permite que los políticos no se alejen de sus representados? Por supuesto, a través de lo que, día a día, une a las personas: la comunicación.
Sí, el proceso de la política tiene implícita una tarea fundamental para el cumplimiento de ese bien común: mantener una constante comunicación entre políticos y sociedad, entre los representantes y representados, que permita crear un canal de retroalimentación a fin de que se conozcan las necesidades de ambas partes, en el momento y forma adecuado.
Es por eso que nace la comunicación política, como una necesidad entre las personas que se encuentran dentro de las instituciones del gobierno y el Estado y la sociedad civil (que es muy diferente a la comunicación de la política, en donde solo se habla de lo que pasa en dicha esfera social. Por ejemplo, los noticiarios).
La comunicación política hoy en día se define como: “un intercambio de información entre los gobernantes y los gobernados, a través de canales de transmisión estructurados o informales”[2], es decir, la comunicación política abarca: un medio, o de medios, para ser transmitida; un mensaje político; emisores de dicho mensaje, mismos con intenciones basadas en un estado de poder para con los otros; y un receptor que las interprete y las valore para que así, dicha información, se posicione en la opinión pública.
Y dichos mensajes, con tintes políticos, no surgen de la nada, ya que, “la comunicación es política en función de las consecuencias directas o indirectas, mediatas o inmediatas, que puede tener para el sistema político”[3]; en otras palabras, dicha información tiene que ser emitida con ciertas características para que en verdad tenga esa repercusión esperada, por lo que se puede afirmar que se necesita tiempo para que la información política se posicione en verdad, ya que los receptores deben tener los referentes para que ésta sea discutida; y de la misma forma, se tienen que comunicar en el momento justo en el que la situación repercute directamente en la sociedad, dejando a un lado las informaciones secundarias o las llamadas “cortinas de humo”.
La comunicación política pues, reconoce la existencia de actores en el proceso, mimos que tienen una función particular. Todo esto, admitiendo que los individuos son seres pensantes, capaces de razonar situaciones, problemas, decisiones, personas a final de cuentas.
Por una parte, los gobernantes, se ven obligados a emitir los mensajes en el canal y tiempo correcto para procurar que el ancho de la sociedad este informada de sus acciones o intenciones; por el otro, los receptores se catapultan como evaluadores y/o emisores de una opinión acerca de lo que se le informa, aceptando la tarea de retroalimentar y completar el proceso de comunicación. Aunque, esto último es lo que, la mayoría de las veces no existe.
Si bien es cierto que lo ideal es lo anterior, la comunicación política, podría decirse, es poco conocida en sistemas políticos como el mexicano, toda vez que los gobiernos utilizan medios que no permiten la reciprocidad necesaria para cumplir con el proceso de comunicación: páginas de internet, mítines, gacetillas o periódicos; todos ellos, lineales y/o llamados oficiales (en donde solo circula información “oficial”, es decir, de la institución que las elabora).
Entonces, la comunicación política debería implicar la participación de todas las partes: de un gobierno preocupado por escuchar las inquietudes de sus representados, de manejar responsablemente el poder que las personas le otorgan, y de crear los mensajes adecuados (gracias a la participación de personas calificadas en la materia) para comunicar lo que se desea, sin la mínima oportunidad de mal interpretación; de una sociedad con la capacidad de crearse voces y espacios para interactuar con los “de arriba” y exigir lo que por derecho le corresponde, de medios responsables que brinden tiempo y lugar a los actores; en pocas palabras, recordar que la única forma de convivir es posible a través de la comunicación, de expresar lo que en nuestra mente da vueltas.
[1] Diccionario de política. Valletta ediciones. Pág. 296
[2] Jean Marie, Cotteret. La comunicación política. Gobernantes y gobernados. Pág. 1.
[3] Ídem. Pág. 3.
Fuentes.
Cotteret, Jean Marie. La comunicación política. Gobernantes y gobernados. Colección de Estudios Humanísticos. Buenos Aires, 1977, 157 pp.
Ferry, Jean Marc; Wolton, Dominique; et al. El nuevo espacio público. Editorial Gedisa, Barcelona, 1992, 256 pp.
Valetta Ediciones. Diccionario de política. Valetta Ediciones, Buenos Aires, 2001, 471 pp.
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Escríbeme a: frmiguelangellopezosa@hotmail.com
*El autor es estudiante de noveno semestre de Comunicación Política.

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