Detrás del MisterioPor Berenice Resendiz Santana
LA CASA Azul es un hogar inundado de misterios. Habitada por dos virtuosos del arte, Frida Kahlo y Diego Rivera, quienes soñaron, pintaron y amaron en estas paredes. Pero también la decepción y la traición traspasaba el alma.
Las puertas verdes de la entrada principal se abren para permitir un viaje hacia el pasado. Ayeres repletos de historia, donde la brocha de la vida pintaba detenidamente el cuadro del matrimonio.
Dicho lugar resguarda más secretos de la pintora mexicana, ya que pasó ahí toda su existencia, creando, dibujando flores sobre opacos sobres. Plasmando profundos pensamientos en cualquier página de un gastado libro, como “tengo sueño, sueño soñado, amor sin luz, vida hormonal, genes, mar de risas, alas, sombras”.
Siendo las hojas de papel pruebas de sus sentimientos, pues en ellas escribía las palabras que vienen del alma. Dolor, soledad, amor, arte, distancia, al igual que el nombre de su esposo, Diego, el cual remarcaba y anotaba en letras mayúsculas.
Devoción a la fertilidad se dibujan con el grisáceo del lápiz, mujeres dadoras de vida que esperan dar a luz a un capullo de existencia guardado en sus entrañas. Dicha que le fuera negada a Frida, quien en sus bocetos aplaudía la maravilla de ser madre.
Las apariencias engañan es un autorretrato de Kahlo, en el cual expone su sexualidad, pero también los secretos de su cuerpo, marcas dolorosas que los años le dejaron, mostrando su columna rota. Además, la enfermedad de su pierna izquierda, sobre la cual pintó mariposas azules.
Bella, con pronunciadas cejas, sonrisa inolvidable e inteligente, así era la señora Frida Kahlo, quien junto a su esposo Diego compartían el amor al arte, pero también la preocupación por las luchas sociales, siendo la paz su inagotable búsqueda.
Desde joven creyó en el amor, siendo las cartas las que hablan por sí solas, demostrando que ella podía enamorarse con facilidad, pero olvidar le era difícil. Hermosos versos para una mujer llena de cualidades se entrelazan entre letras, puntos y comas: “Pido perdón por ser tonto, egoísta y poco merecedor de ti” de Isamu Noguchi.
Quien le robó el corazón fue Diego Rivera, con el cual pasó la mayor parte de su existencia, vida llena de disparidades y traición. A pesar de las vicisitudes lograron salir adelante, como lo demuestra una frase a sus 25 años de casados: “a la niña de mis ojos, amor de mis amores, vida de mis vidas, más que mi vida a Frida Kahlo, a quien adoro”, firmado por Diego.
Una pared forma un collage con folletos, invitaciones a algunas exposiciones de arte, donde eran requeridos, demostrando que tenían una vida social muy activa.
La lectura era una parte esencial, pues la infinidad de libros se encargaron de sembrar conocimiento en la pareja, al mostrarles con letras la vida. Además muchos de esos escritos estaban dedicados a los famosos pintores.
Las fotografías congeladoras del tiempo, rastros de lo que alguna vez fue, forman un álbum lleno de recuerdos, percibiéndose grandes figuras del mundo de las letras, de la pintura, el cine, la política. José Clemente Orozco, Dolores del Río, Leon Trotsky, se encuentran retratados. Personajes con los cuales compartieron bellas veladas, risas y fueron parte —sin duda— de su historia.
Aún pareciera que se escuchan las risas de los amigos, quienes en el comedor se desvelaban entre largas charlas. Artesanías mexicanas decoran la sala, el aroma a flores inunda todo el lugar y los cristales multicolores forman un vitral.
Cucharas de madera aguardan acomodadas en la cocina, en la cual un conjunto de pequeñas ollas colocadas sigilosamente en la pared, crean la figura de dos palomas que se miran frente a frente. La luz entra tenuemente a través de la ventana, donde quizá en el pasado el olor a tortillas se escapaba para anunciar la hora de la comida.
Poco a poco el aroma a aceite combinado con pintura se penetra en la madera del estudio, sitio donde muchas veces Diego o Frida dibujaron y escribieron bellos pensamientos. “Pies para que los quiero si tengo alas para volar”. A lo lejos la silla de ruedas de la pintora se presenta, un poco desgastada pero siempre ante un óleo, como si esperase al hombre dibujado para que alguien terminara su rostro.
Una cama bordada entre flores azules se refleja sobre un manchado espejo, gracias al cual las manos de Frida se inspiraron y pintaron a través de su reflejo.
Nadie como Frida conoció más su cuerpo al sentir el dolor físico en carne propia, como lo demuestran sus gastadas muletas, sus prótesis y ese tirano corsé sobre su cama, que dio vida al estamparlo en colores, flores, quizá para dejar atrás lo nebuloso de su función.
La última habitación es muy especial, ya que guarda algunos objetos preciados de la pintora como sus juguetes o la diversa colección de mariposas. Algunos alebrijes que todas las largas noches la acompañaban colgados de su cama.
Sin duda cada rincón guarda muchos secretos que ni el tiempo podrá descifrar, nombres como el de María Félix o Teresita se pintan en rojo en los aposentos de la pareja, pensamientos que quedan inertes para la mirada de cada visitante. Los misterios permanecen ocultos con el devenir de los años.
Aún pareciera que Diego se encuentra en el estudio pintando junto a su amada Frida Kahlo, mientras ella está cantando “hay que bonito es volar a las dos de la mañana, a las dos de la mañana hay que bonito es volar mi amor””. Le sonríe y mirándose uno al otro observan la vida pasar.