División social: Campanas represoras y convenciones intolerantes

Miguel Ángel López Flores
A 365 días del inicio de la administración de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa como titular del Poder ejecutivo nacional, la mecha de crispación social que se encendiera en las campañas federales de 2006 sigue mostrando que el fuego no se ha apagado, sino que —al parecer— tiene todo para convertirse nuevamente en una fogata… en un incendio que se alimenta de la incomunicación que permea entre los diversos sectores sociales y de una serie de gobiernos, en todos los niveles, incapaces de solucionar, evitar o intervenir en los conflictos sociales.
Prueba de lo anterior, lo sucedido en el “primer cuadro” mexicano el pasado domingo 18 de noviembre. Sí, en aquel incidente que diera origen a la inusual clausura de la Catedral Metropolitana por siete días —así lo señala Jean Meyer, especialista en temas relacionados con la Guerra cristera, etapa que diera lugar a la suspensión únicamente del culto religioso en el “templo madre” del catolicismo mexicano, según el semanal Desde la Fe en su edición número 561, página 03— Si bien el hecho se desarrolló en una obvia coyuntura política , la cual no será expuesta en este artículo, se concibió en medio de un desconocimiento mutuo entre ambas partes del conflicto y, por lo tanto, en un sistema de comunicación más que ineficaz, nulo. Y, a su vez, la inexistencia de un réferi que permitió de facto el enfrenamiento.
Iniciemos el recuento de lo que nunca fue contado u simplemente se omitió acerca de lo ocurrido ese día:
1.- El uso de las campanas en la liturgia romana es fundamental. Estos instrumentos sirvieron por siglos para anunciar los momentos solemnes en los rituales de adoración de la iglesia católica o hacer notar la importancia de lo que el sacerdote pronunciaba en latín. Y es esto gracias al sonido puro que tienen las campanas, el sonido de una es irrepetible en otra. Además, la cualidad que implica su afinación permanente.
En este caso, menciona el diácono permanente Rafael Parra Castañeda, campanero mayor de la Catedral, “el sonido de las campanas que llaman a la Misa Mayor —se le llama así ya que, es la que preside comúnmente el líder espiritual del cristianismo católico metropolitano en su sede, en el lugar que le fue designado para llevar a cabo, por antonomasia, su labor pastoral— es normal y se ha realizado por siglos cada domingo cerca del medio día” (Desde la Fe, ídem).
En otras palabras, el repique de campanas que iniciaron, justo a las 11:50 hrs., fue normal para la fecha, toda vez que forma parte de la liturgia universal del catolicismo y, en particular, el hacer sonar estas campanas como pasó ese día, es una obligación que marca el Manual de Procedimientos Internos de la Catedral Metropolitana.
Dicho repique consistió en dar “tercera llamada” con la campana mayor, la “Santa María de Guadalupe” para dar inicio al rito litúrgico encabezado por Norberto Rivera —cabe mencionar que, la misa es parte de la liturgia, no es el todo— posteriormente durante el rezo del Ángelus, rezo que se lleva a cabo en el coro central del templo, se tocan campanas menores para acompañar a este acto, por un máximo de siete minutos (aproximadamente dejan de escucharse a eso del medio día en punto); al terminar esto, se tocan 13 campanas de diferente nota musical para emular una plegaria, repitiendo tres veces; para concluir, se realiza un repique de campanas, al ya haber iniciado la procesión de entrada para iniciar la misa. Dando un mínimo de 15 minutos de escuchar campanas.
Esto sucede cada domingo, exceptuando los domingos propios de la cuaresma, donde el ambiente de festividad se torna en reflexión. Todo esto, con base en lo estipulado en el Catecismo de la Iglesia Católica, la legislación propia de esta religión y los procedimientos estipulados por los purpurados para la vida pastoral en nuestro país.
2.- Muchas veces en la vida política nacional se ha pronunciado la frase: “Escuchen, las campanas de la Catedral nos reciben, nos apoyan”. Todos los 15 de septiembre por la noche se hacen sonar para recordar el inicio de la Independencia. Ese sonido es natural e inevitable del Zócalo capitalino, es parte de su cultura. Un dato más: el 2 de abril de 2005, tras la muerte de Juan Pablo II, la campana mayor de Catedral sonó por siete horas (Eco Semanal No. 4).
3.- Una provocación es planeada, es deliberada, es casual y coyuntural. En la política, todo acto de ese tipo es estudiado previamente por los equipos organizadores de los eventos y se tienen estrategias de contrarrestar a este tipo de ruidos. Por ejemplo, instalar el escenario lo más lejano posible, elegir a un orador potente en la hora adecuada, etcétera. Y así, se mantiene el orden compartiendo la misma arena con el otro actor.
Lo anterior a menos de que, quien esté a la cabeza del templete, improvise un discurso que vaya en contra de la planeación todo permanece en calma y rompa con la dinámica previamente estudiada. A menos que, el buscar un roce sea una estrategia de quien se haga sentir agredido. Recordemos a Sun Tzu en su Arte de la guerra cuando nos habla de planear las estrategias con base en el terreno. Se pudo evitar pues, el roce directo con el sonido de las campanas.
4.- El Frente Amplio Progresista, a través de Andrés Manuel López Obrador, basándose en la libertad religiosa juarista, en el compromiso 33 de este personaje (http://www.lopezobrador.org.mx/50compromisos/33.php), esgrime la libertad de expresión y credo religioso, siempre y cuando no agredan los derechos básicos del otro.
En otras palabras, jamás la Convención Nacional Democrática ha violentado a la institución Iglesia. Lo cual no significa que esté de acuerdo con las personas que integran sus jerarquías. A pesar de ello, un sector de la población dentro del conflicto se jacta de haberse ofendido al ver agredida su libertad religiosa.
5.- La rispidez del asunto se ha visto alimentada por actos de complicidad pederastita en los que, presuntamente, se ha visto involucrado Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México. Contra la persona en particular. Una vez más, la gente que catapultó el hecho, no estaba enterada de que dicho personaje no estaba en México.
No había un motivo por el cual se entrara al recinto religioso sin que se le viera a través de una óptica de intolerancia. Parece ser que así no fue lo que originó que el mismo Partido de la Revolución Democrática se uniera con la Conferencia del Episcopado Mexicano para actuar en contra de quienes resulten responsables del hecho.
6.- La más burda. “Había gente en el campanario burlándose”. Interpretación a “bote pronto” de personas incomunicadas con los demás sujetos, originando ignorancia. Hay que recordar que una de las entradas económicas de la Catedral Metropolitana es el turismo, por lo que sus campanarios se han convertido en un punto medular de las visitas guiadas por el templo católico, ocupándolos en diversas horas del día por turistas o visitantes.
Y así, podríamos poner una gran variedad de hechos que se pudieron haber compartido antes de lo sucedido. Claro, buscando el bienestar físico y moral de la gente, de quienes se encuentra debajo del presidio o del presbiterio. Digo, en caso de que sean tomados en cuenta. Supongamos que sí. Es lo ideal.
Sucesos como el anterior sólo hacen revivir viejas teorías de la comunicación en las cuales se decía que las masas actúan sin razonar, haciendo caso a las pasiones y sentimientos. Sería muy grave para la dinámica social actual que se regresara a esa concepción.
Y lo que es peor, que los líderes de los movimientos sociales, políticos y religiosos piensen eso, que utilicen palabras o frases improvisadas, carentes de fondo o sustento de conocimiento, para accionar a las personas; aventarlas en contra de otras personas, buscando las ganancias de la negociación del conflicto.
Hizo falta algo: la mínima comunicación que permite, en el peor de los casos, conocer lo básico del otro y, que a su vez, potencializa a los sujetos a ubicarse en el reconocimiento de los derechos de los demás. Por un lado, aceptar que un repique de campanas es propio de toda una creencia y que, por el otro, proponer la democratización del país se sustenta en la tolerancia y en saber organizase antes y evitar malos entendidos. Eso hay que dejarlo a los carroñeros que vuelan sobre un cadáver en el desierto y buscan comer de la misma pierna al mismo tiempo.
Hay que hablar y exponer cómo somos y buscar un equilibrio entre los objetivos, propuestas de vida y percepción del mundo. En pocas palabras, y a propósito del tema: hay que comunicarnos… ¡por dios!
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