lunes, 24 de diciembre de 2007

Crónica | Huevos a la Suprema Corte

Huevos a la Suprema Corte


Por Eduardo Rodríguez

EL ÚNICO silencio álgido en la llamada Marcha de los Niños se dio cuando, a las puertas del Máximo Tribunal del país, una mujer tomó el alta voz que portaba la actriz y activista Jesusa Rodríguez, y dijo: “Mi hija fue violada por su padre cuando tenía apenas dos años y ocho meses de edad. Ahora el juez acaba de aprobar el régimen de visitas. No quiero que mi hija esté otra vez en manos de ese hombre. Exijo justicia. Denuncien, mujeres, denuncien…”.

Caras largas aparecieron enseguida entre los presentes, como si un nudo en la garganta les apretujara el alma, como si la indignación se apoderara todavía más de ellos al enterarse de este caso, luego de conocer el fallo que la Suprema Corte emitió el pasado 29 de noviembre en el que exonera al popularmente conocido góber precioso de Puebla, Mario Marín Torres, de haber violado las garantías individuales de la periodista Lydia Cacho.

En esta marcha del domingo 16 de diciembre, a la que convocaron organismos civiles, se dieron cita al menos 300 personas entre niñas y niños acompañados de sus padres, quienes comenzaron su camino desde la Torre del Caballito alrededor de las once de la mañana con treinta minutos. Al acto se sumaron, vía telefónica, la escritora Elena Poniatowska y la propia Lydia Cacho, quien, según refirió Jesusa Rodríguez, pidió a los manifestantes que le enviaran sus mejores energías.

El pase de lista

Las fotografías de los seis Ministros que votaron en contra del dictamen del Ministro ponente, Juan Silva Meza, el cual sostuvo que sí hubo concierto de autoridades para violar las garantías de la periodista, fueron clocadas en la puerta principal de la Suprema Corte.

Sus nombres fueron coreados, y a la vez despreciados. Guillermo Ortiz Mayagoitia (presidente de la Corte), “qué vergüenza”. Sergio Salvador Aguirre Anguiano, “qué vergüenza”. Mariano Azuela, “qué vergüenza”. Olga Sánchez Cordero, “qué vergüenza”. Margarita Luna Ramos, “qué vergüenza”.

“Y mínimo nos cuestan los Ministros 400 mil pesos al mes, cada uno, y a parte se burlan de nosotros”, espetaba con furor un hombre. “Pero mientras en este país se exoneren y se solapen a delincuentes, seguiremos en el hoyo” le respondía en feedback una señora que cubría del sol el brillo penetrante de su mirada con un sombrero.

“¡Ya basta, de tanto pederasta!”

La embriaguez de la injusticia fue matizada en la protesta. El coñac barato de dos botellas, marca “Don Pedófilo”, fue vertido por una niña en las bocas impresas de los seis Ministros. Un olor a alcohol se impregnó de inmediato en la entrada de la sede de justicia. El descontento de los manifestantes era evidente: pedieron la renuncia de los Ministros y juicio político al góber precioso.

Después de ello, todo estaba listo. Un reclamo simbólico despertado por la ira, por la indignación y por la infamia se hizo presente. A la cuenta de tres, unos veinte niños comenzaron a lanzar huevos a la Suprema Corte. Los estrellaban con fuerza, intentando atinarles a los Ministros que decidieron evadir el tema de la pederastia, porque según ellos, de eso no era la investigación.

Y siguieron los adultos, quienes llegaron a manchar las letras que en la fachada del edificio refieren que se trata de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Los huevos, hechos un batidillo, yacían sobre el piso, pero la lluvia de yema y de cascarones salpicó a más de diez manifestantes. La consigna fue lanzar huevos podridos, pero “adentro están más podridos que los huevos que les lanzamos”, enunciaba con voz firme Jesusa Rodríguez.

“Ya basta, de tanto pederasta”, gritaban niños y adultos. El consuelo, y no la justicia, había llegado. El acto acabó luego de que la gente cantó el himno nacional y, de nueva cuenta, emitió su apoyo a Lydia Cacho: “No estás sola, no estás sola”. Vinieron los aplausos de solidaridad y la invitación a seguir en la causa. Una señora que por el camino andaba, recriminó: “Ya pónganse a trabajar y dejen de hacer alboroto, sólo agraden a la iglesia: hace poco lo hicieron”. “Ay, señora, usted ni sabe, defiende a la iglesia cuando los padres en el altar dan misa, pero atrás se cogen a los niños”, le contestó convincente una ardua manifestante.

Y la pregunta quedó al aire: ¿Qué cosa desvirtuó la honorabilidad de seis integrantes de la Suprema Corte? Otra vez renace la duda. Surgen diversas interpretaciones. Se enconan las pasiones. Y al paso, da la impresión que en México la justicia sólo sirve a unos cuantos, a los poderosos. Mientras tanto, Mario Marín brindará con coñac, aderezado de impunidad, el término de 2007.

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