El espejo de hielo
Por Berenice Resendiz
La blanca navidad llega al Zócalo Capitalino de la ciudad de México con la pista de hielo más grande del mundo. Personas a paso firme van como buenos soldados en pleno batallón en la inmensa fila rumbo a la taquilla a lado de la Catedral Metropolitana, donde se les entrega una pulsera, la cual señala la hora para tener el anhelado acceso a la pista.
Por fin niños, señores, chavos han llegado a la penúltima fase, es decir, en la cual se colocan los patines delicadamente, como si fueran aquellas zapatillas rojas que utilizó Dorothy en el Mago de Oz, aunque en este caso no es un camino amarillo el cual se pretende recorrer, sino un sendero blanco, duro y frío.
Las doce en punto, hora de entrar, amarrarse bien las agujetas y a patinar como si bailasen el vals sobre las olas. Uno, dos, tres, paso a pasito todos se deslizan suavemente sobre aquel piso resbaloso, donde se pierden con el contonear de las caderas de chicos y grandes; giran lentamente como en pleno baile de gala, de esos tantos que organizó Don Porfirio Díaz o el exótico Maximiliano de Habsburgo.
Agarrados de las manos y eso que no están cantando una rola muy sonada del “Puma”, giran alrededor de la pista, donde no importa tomarse de la mano aunque el compañero de a lado la tenga sudada, sucia o si la oprime mucho, pues sin excepción alguna todos tratan de no caer en el congelado espejo de hielo o que su frágil retaguardia sufra las consecuencias de su imprudencia.
Golpes por aquí, por allá, el pan nuestro de cada día se convierten las caídas, sobre todo para los que gozan mirar el espectáculo desde las gradas; las risas son incontenibles para aquellos sádicos, sobre todo si los patinadores quedan adheridos al hielo por completo; frases muy típicas del solidario mexicano se oyen como: “¡ese güey se cayó bien chido!” o “¡qué pendejo!”, quizá para demostrarles su apoyo incondicional, tanto en las buenas como en las malas.
Mientras tanto, una señora a lo lejos cae sobre sus benditos y grandes amortiguadores que le ha dado Dios, que sin duda le han salvado la vida. Por otro lado un grito de ¡niños no corran! se escucha por parte de un auxiliar vestido de color rojo, que apresuradamente va tras aquellos pequeños desobedientes.
Algunos se han dado cuenta del hazme reír que son en su fallido intento de patinadores, por eso muy prudentes prefieren ir en fila india o como escena típica de los enanos de Blanca Nieves uno tras otro, se toman fuertemente de la horilla de la pista y lentamente recorren cada metro del frágil espejo.
Como competencia internacional se muestran los mejores pasos, se presumen los más perfeccionados desplomes, hasta las Olimpiadas se quedan cortas con tan avasallantes movimientos, donde la pasión extrema se aprecia en cada rostro, miradas de preocupación fluyen al paso de su cuerpo que sin ninguna protección circula por rincones desconocidos.
“La gasolina” de Daddy Yanquee se escucha mientras se patina, uno que otro niño baila y pretende en su locura moverse al sonar del candente reggaeton; algunos nenes de tres años mareados de tanto resbalón lloran suplicando la presencia de sus irresponsables padres, los cuales muy a gusto se hayan al otro extremo de la pista, dejando a los auxiliares de nanas.
Hablando de auxiliares , se observa uno que se ha olvidado de toda la comunidad necesitada de su apoyo, para preferir solamente llevar de la mano a una joven e inexperta usuaria, alo mejor como una artimaña para pedirle su teléfono o su dirección, con eso que en invierno se dice que el corazón necesita calor humano.
A pesar de que los señalamientos están plasmados alrededor de la pista, con letras grandes como: no corra, no pierda de vista a sus hijos, respete las áreas restringidas, por su seguridad no cargue niños, y los individuos de casco blanco con el símbolo de la cruz roja, les llame la atención más de una vez, nadie parece a hacerles mucho caso, pero qué de raro tiene eso, si siempre ha sido así de liberal el mexicano.
La bandera tricolor a lo alto es rozada por la suave brisa; los curiosos trabajadores de casco amarillo que colaboran en una construcción vecina, aprovechan el rato y observan delicadamente desde un amplio panorama el reflejo del sol sobre la pista de hielo; la catedral tan imponente emana el dulce sonar de sus campanas, cantares que pregonan el terminar de esa hora de diversión para abrirle paso a otro grupo lleno de folklore.
Sin duda los capitalinos este año viven la era del hielo más extravagante de todas, pero no en el Polo norte, sino en el mismísimo ombligo de la luna, donde sin importar ser inexpertos en el patinaje, disfrutan con un cúmulo de sensaciones los placeres del hielo, pero eso sí, con el sabor picante del mexicano.
lunes, 24 de diciembre de 2007
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1 comentario:
Vaya aventura esa!
Realmente no pudo haber mejor escenario para que un trozo del mismísimo polo norte se instalara en esta tierra mexica como lo es nuestro zócalo capitalino. Ese que siempre es tan camaleonico y versatil.
Berenice, realmente disfrute mucho de la descripcion que fue mas alla de un roce de patines con agua congelada, que fue mas alla de dimes y diretes acerca de la famosa pista de hielo mas grande del mundo, y sobre todo mas alla de lo que ven los simples mortales, de lo que verdaderamente se contempla al detenerse un poco y mirar eso que ello los turistas aman tanto de esta ciudad y del pais como muchos solemos hacerlo diariamente: el vivir del mexicano chilango. Seguramente veremos mas pistas de hielo en muchos lados, pero no una escena, una postal digna de una foto eterna, donde todo coexista en un solo punto, y asi, todo junto, simplemente se vuelva bello,y donde todo sea tan contrastante que todo pueda suceder. Por que esto, no se ve en otra parte del mundo...
¡Disfrutemos mexicanos!
Jared P. Cid
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