Por Pedro Romero
DESPUÉS DE una temporada en la que fueron de menos a más, los Pumas de la UNAM llegaron a la final del torneo Apertura 2007 del balompié mexicano, en contra del Atlante. Como cada final, la aventura por conseguir una entrada para presenciar la final es desbordante. Pero en esta ocasión, los boletos a la venta en taquillas y por el monopólico sistema Ticketmaster estuvieron más escasos que nunca. Hasta se les cayó el sistema, dijeron.
Increíble. Desde el lunes 3 de diciembre, a menos de 24 horas de que se conocieran quienes eran los finalistas, se anunció tanto en CU como en Cancún, que los boletos ya estaban agotados. Mientras tanto, los aficionados que pudieron comprar boletos vía telefónica lo hicieron con su tarjeta de crédito pero pagaron una costosa comisión.
Se dice, entre algunos aficionados azul y oro, que la directiva y el patronato de Pumas dan boletos a integrantes de la “Rebel” para que los vendan a los precios que quieran, y luego las ganancias son repartidas entre la directiva y los integrantes de la porra.
Por otra parte, también por voces de aficionados, se sabe que los revendedores están ligados con la directiva del equipo universitario encargada del manejo de las entradas, ya que por voces de los aficionados se sabe que a estos revendedores se les vende cierto número de boletos, que venden a precios muy altos alcanzando un aumento de hasta 500 por ciento. Para esta final el boleto más barato que se pudo encontrar en reventa estuvo en 550 pesos, mientas que el más caro alcanzó hasta los 2 mil 500 pesos, cuando su precio real era de 150 pesos.
El caso de Cancún es distinto. Los boletos no fueron vendidos en su mayoría, como en el resto de la temporada, a la nueva afición azulgrana, sino a los turistas o gente muy importante. Así lo determinó la directiva del Atlante a pesar de que los aficionados estaban formados con sus boletos en mano de partidos anteriores para demostrar su fidelidad, y así se les vendiera un pase para la final. Muy pocos tuvieron suerte. No obstante, los boletos aumentaron su precio al doble o incluso más.
Y éstos son sólo algunos de los negocios sucios que hay en el fútbol mexicano. También elevan los precios de los productos que se venden en tribunas, los cuales aumentan hasta un 50 por ciento, principalmente en bebidas. El ejemplo más común son los refrescos: en un partido de temporada regular el precio ronda entre los 20 pesos, pero en las instancias finales su precio es de casi 35 pesos por bebida, algunas veces de tamaño más pequeño que el normal.
Pero en el estadio de casa, el de CU, no es el único en donde suceden este tipo de irregularidades. Se puede mencionar el caso del estadio Nemesio Diez, sede del Toluca, en el que en las finales aumentan los precios de las entradas sin importarles el reclamo del público.
Y hablando de finales, se puede recordar a la que llegó el Club América en 2006: la mayoría de las entradas fueron vendidas por medio de línea telefónica y tarjetas de crédito, dejando una parte de entradas en taquilla para la gran afluencia de la afición.
Estos son sólo algunos casos de la impunidad en el manejo de entradas a los estadios. Es obvio que en una final la demanda de entradas se dispara, pero pareciera que su mecanismo de venta sólo es para otro tipo de gente distinta a la que concurre a lo largo del torneo: con tarjeta de crédito. La final Atlante vs Pumas demuestra que el fútbol, antes que ser un deporte, es un jugoso negocio.
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