martes, 5 de febrero de 2008

Crónica - La seducción de las miradas

La seducción de las miradas

Por Berenice Resendiz Santana

POR FIN llega el momento para México de acceder entre bambú a los ojos de Gregory Colbert en el Museo Nómada del Zócalo Capitalino. Sitio donde se presenta su exposición fotográfica “Ashes and Snow”, producto de intensos viajes, donde tuvo la fortuna de capturar increíbles imágenes para conjuntar arte y pasión.

Extensas filas de personas se enredan a lo largo de la plaza de la constitución, personas aguerridas defienden su lugar con ahínco de aquellos abusivos que pretenden incluirse a la fila con alevosía y ventaja. Como pueden, se cubren del candente sol, ya sea con un cuaderno de notas, gorras o con alguna propaganda. Todo sea por “amor al arte”.

Después de algunas horas y desmedido ajetreo, el viaje comienza a través de un pasillo de madera, como sendero fantástico que lleva a conocer el alma de las fotos; las cuales son resguardadas por agua que corre por debajo de ellas. La oscuridad del museo se convierte en elemento de misterio y el bambú nos hace viajar hasta alguna isla desierta, iguales a las que describen los cuentos de piratas.

La primera fotografía muestra a un pequeño niño hincado, leyendo tiernamente frente a un elefante, el cual con sus patas cruzadas lo escucha atento y lo mira fijamente; quizá imaginando bellas princesas o algún temerario caballero luchando contra dragones y brujas.

En otra imagen, una jovencita duerme tranquilamente con los brazos caídos. Mientras tanto, como padre protector, el elefante imponente de bella presencia cuida los sueños de aquella chica de todos esos desalmados ladrones que gozan de sustraer ilusiones.

Bella danza se congela, gotas de agua mojan el rostro de una mujer que se mueve felizmente entre una manada de elefantes. La adrenalina se concentra en sus manos, en su sonrisa, congelándose el tiempo, viviendo eternamente ese momento cuando se mira la fotografía.

Frente a frente el elefante y el humano se encuentran en un sólo plano, siendo el mar su fíel testigo, agua bendita que lleva a la tranquilidad de las mentes. La mano húmeda de aquella niña que sin temor toca la cabeza de ese sublime mamífero se convierte en el primer contacto, mientras los dos descubren juntos los sonidos del alma; y con sus ojos cerrados imaginan tratando de interpretar lo que el silencio grita.

En una de las tantas imágenes se muestran arrugas alrededor de la mirada de un elefante, pruebas de una larga vida, extenso camino recorrido de una especie tan longeva. Traslucen los años interminables de lucha por la sobrevivenciam, que se reflejan en su pupila negra como la brea.

Con armonioso aleteo se aproxima un águila hacia el asombrado público, pero queda congelada ante una mujer que danza al compás del vuelo. Con puño cerrado mantiene la suavidad y ligereza de una pluma, la cual ondea de un lado para otro, quizá en símbolo de paz.

Al final del camino de madera una luz hace fijar la atención en un video, donde sucede lo imposible para muchos, la interacción en armonía del hombre con uno de sus ancestros: el orangután. Como niños descubren la suavidad de la piel, el olor de cada cabello, el sabor del agua, la sensación de un beso. Aferrándose el orangután a la joven, pretendiendo no querer soltarla nunca de su mano para llevarla siempre junto a él.

Un segundo video invita a sentir la frescura del agua, vivir la libertad con la naturaleza, siendo un hombre quien goza nadando con tan imponente elefante. Tocar la humedad de su piel, romper las burbujas. Girar, caminar, permitir ser iluminados con la tenuidad de los rayos solares; imitar sus movimientos. Danzando de manera perfecta con las manos, pero sin jamás dejar de proyectar alegría.

El agua se escucha caer como en esas tardes lluviosas de verano, los espectadores se centran en el tercer filme para ver a los temibles guepardos conviviendo con humanos. Elegantes mamíferos presumen su piel con manchas negras y mirada avasallante; siempre al acecho observan con detenimiento a los hombres que intentan acercarse a ellos. Los hombres, al contrario, no se atreven a reflejar luz en sus pupilas: mantienen los ojos cerrados.

En una imagen los brazos femeninos envuelven en un manto blanco la fiereza de un felino; el calor maternal arrulla a la rebelde especie. Ella seria, permanece inmóvil, como si estuviera dormida, quizá para no despertar a la gatuna especie.

Pero sin duda la fotografía más impactante es la de un niño que espera sentado al lado de un guepardo, este sereno se mantiene, tocando con la mano su corazón. El felino mira sigilosamente su tierra.

Sin duda la magia del arte es poder lograr lo extraordinario. Ahí radica la belleza de las fotografías de Colbert, al tener la virtud de introducir a cada mirada planos intensos, increíbles. Sus ojos se convierten en un arca de Noé, logrando el encuentro de las especies.

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