Foto: Jessica Méndez
León Medina M.
LA GLOBALIZACIÓN nos ha dado una falsa idea de hegemonía. Desde los primeros gobiernos neoliberales que sufrió nuestro país los discursos han sido salpicados con la ilusión de progreso, se ha dicho que la integración económica es la llave del desarrollo. La inversión extranjera y la apertura de los mercados han sido vistos como los ejes principales del crecimiento sostenido. La idea de un gran acuerdo con los dos vecinos del norte parecía una de las mejores alternativas para que México entrara en la carrera primermundista.
Sin embargo, y de acuerdo con la teoría económica de Paul De Grauwe, no puede existir un acuerdo económico entre desiguales. México tiene un ingreso per cápita diez veces menor que el de Estados Unidos y una fuerza de trabajo entre diez y quince veces más barata. Además, la teoría de De Grauwe señala que para crear un mercado común es necesario la flexibilidad en el factor trabajo, el cual siempre ha sido un tema no sujeto a discusión. En 1996, después de la firma del tratado, se aprobó en California la enmienda 187, donde se establece el retiro de cualquier prestación a los inmigrantes que no tengan legalizado su estatus.
El antecedente directo del tratado es, sin duda, el Acuerdo de Libre Comercio (ALC) entre Estados Unidos y Canadá, mismo que sirvió de base para la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Los primeros acercamientos comenzaron en el año de 1991, los presidentes George Bush y Carlos Salinas de Gortari declararon que procederían conjuntamente al inicio de las negociaciones. Durante el proceso, el gobierno mexicano declaró que no pretendía crear un mercado común, a pesar de esto, los objetivos del tratado fueron redactados así en su Art. 102:
a) Eliminar obstáculos al comercio y facilitar la circulación fronteriza de bienes y servicios entre los territorios de las Partes;
b) Promover condiciones de competencia leal en la zona de libre comercio;
c) Aumentar sustancialmente las oportunidades de inversión en los territorios de las Partes.
Impacto para los países involucrados
Canadá firmó el tratado por las consecuencias negativas que el no hacerlo podría traerle. El costo de quedar fuera del TLC habría sido muy alto, se hubiera tenido que enfrentar a barreras arancelarias acordadas entre México y Estados Unidos, además perdería la posibilidad de contar con la ventajas preferenciales. Sin embargo, no se considera que Canadá haya obtenido saldos positivos, pues desde el ALC el país no consiguió lo que se esperaba, sobre todo perdiendo empleos debido a su poca productividad. Esto también llevo al cierre de algunas fábricas que se trasladaron a los Estados Unidos.
Para el país de las barras y las estrellas la firma respondió a intereses diferentes. Primero, hacer frente a las grandes economías emergentes, por ejemplo, las empresas japonesas. También se intentaba detener el déficit comercial, conseguir fuerza de trabajo más barata y depender menos de las inversiones extranjeras. A esta estrategia respondía las industrias maquiladoras a través de las cuales los países industrializados (muchas veces a través de subcontratos) intentaban obtener ventaja de costes, principalmente, de mano de obra. Cabe señalar que muchos sindicatos estadounidenses se opusieron a la firma, entre ellos, General Electric, Electrolux, Zenith, Chrysler y Ford; por considerar que se reduciría el número de empleos y muchas fábricas serían trasladadas a México.
Situación en México
La apertura unilateral de México no se ha traducido en modernización de la estructura productiva ni en aumento de la productividad, sólo agudiza la tendencia al déficit. La promesa gubernamental era el flujo de inversiones y la creación de empleos, pero eso no ha sucedido. Muchos sectores industriales fueron condenados a desaparecer. Los que lograron ligarse a las grandes multinacionales tampoco aseguran su supervivencia.
Desde el inicio se previó que uno de los sectores más afectados sería el de la agricultura. Se calculaba que sólo en el sector del maíz, con la liberación de los cereales, el 12% de la fuerza de trabajo del campo se vería obligada a emigrar, alrededor de 830 mil campesinos. Hasta los años 70, México fue exportador de maíz, sin embargo se convirtió en importador debido a la sobreproducción de los Estados Unidos. Tras la firma del tratado, desaparecieron los subsidios a los insumos, se retiró gran parte del presupuesto al campo y se consiguió aumentar el número a 4 millones de campesinos pobres.
En el sector industrial, se desmanteló todo el aparato proteccionista dejando a los productores a la suerte del mercado, política de crédito restrictiva y altas tasas de interés. Así se permite el establecimiento de empresas extranjeras sin restricciones. También surgen nuevas elites empresariales aliadas al capital extranjero y que han convertido al Estado en su principal fuente de acumulación. El área de servicios financieros tenía más cosas que ofrecer. Ahora presenta fuertes signos de atraso como el impuesto al sector público, poca liquidez del sistema financiero, concentración y centralización de capitales, oligarquía financiera (eliminación de los menos capaces).
El sector de los hidrocarburos significó un apartado importante en la negociación del tratado. Se ocupó, básicamente, de acercar la inversión privada a sectores prohibidos por la ley. Existían cuatro sectores que quedaban fuera del tratado, como de explotación exclusiva del Estado mexicano: petroquímica básica, electricidad, ferrocarriles y control de puertos. Sin embargo, se redujo la petroquímica básica a 8 productos, cuando en 1986 eran 62. Ahora el abastecimiento de productos petroquímicos depende del refinamiento de crudo que se realiza en los Estados Unidos; esto inhibe las inversiones en el sector, impidiendo el mantenimiento y la actualización.
La firma del TLCAN se planteó como una medida para que los cambios políticos en México no repercutieran en el mercado común que Estados Unidos intentaba crear para América Latina, y esto quiere decir obtener materias primas y mano de obra barata. La puesta en marcha del tratado ha traído desastrosas consecuencias para nuestro país, entre las que destacan la pérdida del control sobre el instrumento monetario, la ineficiencia de las medidas relativas al tipo de cambio y la pérdida de control sobre el instrumento fiscal. Desde el sexenio de Miguel de la Madrid se implementaron políticas que hacían irreversibles las medidas de liberación. El déficit en la balanza comercial sólo puede ser compensado con deuda o con inversión extranjera. Los gobiernos mexicanos han adoptado ambas salidas. Lo increíblemente triste es que la memoria histórica parece desaparecer, ¿seguimos creyendo que el TLC es el hilo negro del crecimiento sostenido? Excluimos a aquellos que permanecen en el rezago económico y el olvido político.
FUENTES
Acuña Soto, V. (2000) La integración desigual de México al TLC. Antonio Gramsci, A. C. : México
Garciadiego, J. (1994) El TLC día a día. Crónica de una negociación. Miguel Ángel Porrúa: México
Globerman, V. & Walker M. (1994) El TLC en un enfoque transnacional. Fondo de Cultura Económica: México

2 comentarios:
wow exelente
me sorprende la forma tan precisa en q el autor senala los factores del tema.
seguramente eres algun columnista famoso con nickname
Aunque un chiapaneco ya puede competir con un japonés o un norteameriacano.
Yo prefiero que la gente se siga quejando del TLC y así quiten casetas innecesaias de peaje.
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