Por: Redacción Feedback
ERA DIFÍCIL DE CREER, incluso yo no podía hacerlo ni lo hice la primera vez que recibía la noticia del retiro de Ana Gabriela Guevara a pesar de ser la misma Ana quien el 16 de enero pasado adelantaba su decisión en la emisión nocturna del programa Los Protagonistas.
Inmediatamente pensamientos egoístas vienen a mi mente, más que lamentar la pérdida de una gran atleta mexicana, quizás la mejor de todos los tiempos me preocupo por el desvanecimiento de un casi seguro prospecto de medalla para los próximos juegos olímpicos, “una medalla menos para México, lugares más abajo en el medallero” medité, Ana me acostumbró a ello, a pensar en la victoria y solamente en la victoria, no se podía concebir un resultado que no fuera el primer lugar cuando Ana estaba en la pista, la costumbre era lo que a la postre resultaría en una ola de injusticias por parte de los mexicanos y en mi poca lucidez a la hora de afrontar la noticia de su retiro.
Injusticias por un pueblo que le exigia más y más a medida que las competencias pasaban, un pueblo que no estaba acostumbrado a ganar, el pueblo del “ya merito” que tanto nos ha vendido la selección nacional de futbol a lo largo de las décadas, un pueblo aferrado a la idea de escuchar el himno nacional mientras la bandera mexicana sobresale en todo lo alto durante la ceremonia de premiación. Ana Guevara, la atleta que creyó en sí misma y en el país que representa hizo del sueño algo real, algo tangible. El país se paralizaba en cada gran premio de la Golden League, en sus carreras en juegos olímpicos o en aquella ya lejana y mágica noche en Saint Denis en 2003 donde la velocista sonorense se plantó en un terreno reservado para los privilegiados al ganar la copa del mundo.
Su lesión inició su debacle, la gran cita en Atenas resultó “decepcionante”, Ana le vio la espalda a Tonique Williams y nos tuvimos que “conformar” con una plata que si hubiera llegado de cualquier otro atleta hubiera ameritado celebración en el mismísimo Angel de la Independencia, pero no con Ana.
Las exigencias siempre fueron su “recompensa”, su fortaleza, sus agallas y las famosas “amígdalas” sacaron a flote a una mujer que luchó siempre por sus convicciones, por sus ideales, por su país pero sobre todas las cosas, luchó sola. Ana cargó las críticas y las exigencias a cuestas mientras corría, un peso extra que poco a poco le reducían las centésimas en las carreras.
Pero Ana corrió y corrió mostrando que una situación puede sacarse adelante a pesar de las adversidades tristemente locales, mostró que el deporte no es cosa solamente de hombres, mostró que la mujer tiene valía y que también puede sacar adelante a este país, mostró que los límites no son medidos por el tiempo, el relevo o la meta.
Ana no cesó de luchar para que el atletismo pudiera ser apreciado como se merece, tampoco cesó de velar por los derechos de la mujer proyectando una imagen firme, segura, fuerte, exquisitamente triunfadora. No obstante, Ana llegó a su límite y probablemente la impotencia fue presa de ella en un país donde el futbol es religión, donde la discriminación sigue estando latente, donde a los deportistas como Ana Guevara se les usa para crear realidades inverosímiles y en efecto todo tiene un límite.
Siempre fuerte en lo que hace Ana tomó la decisión más difícil de su vida, no podía seguir luchando contra tanta injusticia dentro de su organismo rector. Empezamos una nueva era, el año 1 d.a. (después de Ana) y con júbilo se puede apreciar un camino hecho por Guevara en el cual las mujeres levantan la mano para posicionar a México en el lugar que se merece. Las medallas de Ana quedarán en las escasas páginas de oro del deporte en México, pero su persona y su lucha fue el mayor legado que Ana Gabriela Guevara Espinoza nos deja, un legado que sobrepasa la pista de tartán.

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