“Yo de fútbol no se nada, pero de negocios si se y aseguro que el fútbol es un gran negocio”
Emilio Azcárraga Milmo
EL 15 DE MAYO DE 2007 Cancún recibe con beneplácito la noticia esperada por muchos años: un equipo de primera división jugará por fin en tierras caribeñas. La alegría no se hizo esperar, los festejos en el paradisiaco puerto fueron extendiéndose a toda la península de Yucatán y no era para menos, nunca antes un equipo de primera división se había parado en ese territorio futbolísticamente virgen. A pesar de que no es la primera vez que el Atlante cambia de sede (Querétaro y Ciudad Neza fueron su hogar en diferentes épocas) sus raíces están irremediablemente ligadas al Distrito Federal.
Habrá que detenernos un poco en los orígenes de este equipo para darse cuenta que su identificación con la capital del país es contundente. Ninguna escuadra del DF ha tenido mayor representación que la que ostentaba el Atlante, fundado en los llanos –el fútbol se jugaba en esta superficie en principios del siglo XX, prácticamente no había otra opción- por gente pobre, humilde pero trabajadora, el concepto de proletariado a su máxima extensión en la Ciudad de México cargó en el Atlante a su máximo estandarte, su símbolo y su identidad estaban implícitos en aquel equipo formado de la nada en los llanos de la entonces modesta colonia Condesa.
Emilio Azcárraga Milmo
EL 15 DE MAYO DE 2007 Cancún recibe con beneplácito la noticia esperada por muchos años: un equipo de primera división jugará por fin en tierras caribeñas. La alegría no se hizo esperar, los festejos en el paradisiaco puerto fueron extendiéndose a toda la península de Yucatán y no era para menos, nunca antes un equipo de primera división se había parado en ese territorio futbolísticamente virgen. A pesar de que no es la primera vez que el Atlante cambia de sede (Querétaro y Ciudad Neza fueron su hogar en diferentes épocas) sus raíces están irremediablemente ligadas al Distrito Federal.
Habrá que detenernos un poco en los orígenes de este equipo para darse cuenta que su identificación con la capital del país es contundente. Ninguna escuadra del DF ha tenido mayor representación que la que ostentaba el Atlante, fundado en los llanos –el fútbol se jugaba en esta superficie en principios del siglo XX, prácticamente no había otra opción- por gente pobre, humilde pero trabajadora, el concepto de proletariado a su máxima extensión en la Ciudad de México cargó en el Atlante a su máximo estandarte, su símbolo y su identidad estaban implícitos en aquel equipo formado de la nada en los llanos de la entonces modesta colonia Condesa.
La clase social representada en el equipo atlantista abarcaba más que la de las otras escuadras de la época, llámese un Real España exclusivo para la comunidad ibérica en nuestro país, un Necaxa erigido por unos cuantos electricistas o un América destinado sólo para estudiantes burgueses. ¿Quién iba a ser sino el Atlante quien diera cabida a grandes batallas y luchas en contra de las clases sociales más elevadas que solamente existían en los sueños de los más marginados? .
Aquellos “prietitos” –su mote de la época- levantaban la mano para traer alegrías, para sentirse superiores a los más pudientes, aunque sea en el campo de fútbol. La armonía ideológica fue inmediata y brutal, los “campos de batalla” lucían abarrotados, la ciudad se paralizaba cada vez que los prietitos jugaban, ni el mismo América gozó de tal empatía por aquellos años mágicos en el cual el atlantismo era un fenómeno dentro de la Ciudad de México.
Esa mística era demasiado buena para ser cierta, el fútbol poco a poco empezó a verse como una gran fuente de negocios, la tendencia del balompié como producto para las masas fue volviéndose más tangible gracias a la popularidad de este deporte y la mayor facilidad para apreciarlo –medios de comunicación-. Se entró en una era en la cual la popularidad fue repartida y vendida por las grandes empresas detrás del futbol, una repartición a la cual el Atlante nunca llegó.
En el recuento de los daños, el Atlante se erigió como protagonista por muchos años aunque con la misma afición la cual se fue haciendo vieja e incapaz de heredar los colores azulgrana en una época en la cual los colores azulcrema o rojiblancos tenían copados a la capital.
Atlante siguió aferrado a su ideología bajo cualquier circunstancia, propiedad admirable pero a la vez suicida en un futbol como el mexicano en el cual la identidad dejó de ser protagonista. Hoy en día las cosas –como todo lo que se mueve en este planeta- han cambiado, los potros optaron por la supervivencia y fueron absorbidos por el negocio llamado futbol.
El cambio llegó demasiado tarde, incapaz de competir contra los nuevos grandes del futbol el Atlante fue relegado al olvido, su afición fue desapareciendo con el pasar de los años quizás añorando a aquel gran equipo llanero de épocas de vacas gordas, el paupérrimo arrastre atlantista de los últimos años fue incapaz de copar siquiera la mitad del estadio azulgrana o del Neza 86 ya ni siquiera se hable del Estadio Azteca que con su majestuoso tamaño hacía ver que las playeras azulgranas eran portadas por insignificantes pulgas.
¿Qué es lo que pasa cuando un negocio no es rentable? Se suprime o en el mejor de los casos se modifica la piedra angular. El Atlante se muda a Cancún buscando afición, buscando dinero –es fuerte la expresión pero la realidad es evidente-. Es comprensible el movimiento de Alejandro Burillo –dueño del Atlante- ya que el fútbol definitivamente es un negocio, aunque la pena que representa ver a un hijo de la capital irse sigue y seguirá latente.
Con el cuento de hadas que vivió el Atlante en su primera temporada en Cancún siendo campeón y colmando las tribunas en cada juego parece ser que los potros –o hipocampos como quiera llamársele- se han ido esta vez para no volver.

1 comentario:
felicidades por este articulo, se nota, el cariño del autor por equipos del D.f. y está bien documentado en historia de equipos de futbol.
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