A PARTIR DE LAS ELECCIONES del 2006, la democracia perdió la poca validez que aún tenía en este país. Al poco tiempo, el PRD, la única fuerza de “izquierda” del país, también. En la actualidad, las personas han perdido la fe en el partido e incluso el respeto que en los últimos años había logrado.
Diversas han sido las razones que han provocado esa falta de credibilidad: algunas acciones y declaraciones hechas por Andrés Manuel López Obrador, así como la intervención activa que mantiene en el proceso interior electoral; conflictos internos, por los intereses opuestos y, aunado a esto, ventilación de asuntos de corrupción y falta de ética, como la compra de votos; cosas muy distintas de los que promueve la izquierda.El PRD está en un momento decisivo en su historia. La elección de presidente es la decisión que decidirá el futuro del partido, por la actual crisis en la que se encuentra.
La izquierda es indispensable en un país, debido a la capacidad de cambios que puede gestar en una sociedad, pero parece que los mismos militantes del partido no se han dado cuenta de esa situación y sólo están visto por sus intereses y simpatías y han dejado de apostar por un proyecto que plasme la esencia del partido.
Al analizar su historia, el PRD es el resultado del inconformismo de los procesos electorales injustos, y ahora, irónicamente, parece empleado esos mismos métodos, que tanto han estigmatizado, en su proceso democrático.
Sus principales líderes han sido candidatos que han sufrido estos injustos procesos: Cuauthémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. Cuauthémoc apostó por la alianza de interés dentro de su partido, razón que le dio el prestigio y respeto; pero Obrador ha rechazo, y aún lo hace, toda postura que diste de la de él, una de las razones de esa fragmentación.
La batalla por la presidencia, en realidad, es sólo de dos: Alejandro Encinas y Jesús Ortega. El primero, propone renovar el prestigio del partido y apoyar a todos los sectores desprotegidos del país; el segundo, decreta no aceptar el gobierno ilegítimo y defender a la soberanía.
Más allá de las promesas, lo que se espera es un proceso justo, en todo el sentido de la palabra. Pues, como ya se dijo, de este proceso dependerá el futuro del partido y de la izquierda; si se gana por trampas, estarán traicionando sus propios ideales y valdría más buscar nuevas opciones que ayuden a combatir las políticas que nos perjudiquen de los otros.

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