UN HOMBRE VESTIDO de negro, sombrero, y voz ronca pregunta: “¿Qué hora es caballero?, afortunado usted que sabe la hora de su muerte”. De inmediato una ráfaga de viento se levanta y por un momento deja ciegos a los presentes. Algunos se asustan, sobre todo los que saben que aquel tempestuoso aire no había sido casualidad.
La plaza de Santa Catarina en Coyoacan se adornaba con grandes árboles verdes; el señor de los raspados se difuminaba entre los colores de las botellas que contenían los sabores, y con gran sonrisa esperaba a que se terminara la misa; mientras tanto en la iglesia las veladoras iluminaban la fe con su tambaleante flama y un padre nuestro se oraba por aquellas almas en suplicio que penaban.
Mientras tanto a un extremo de la plaza un grupo de narradores orales, a través del habla inundaban el lugar con sus leyendas, historias y cuentos, y como fieles pilotos transportaban al pasado a conocer un México en donde la magia era la compañera de los habitantes del centro histórico.
Los niños fijaban sus pupilas sobre los narradores, miraban a detalle cada expresión y movimiento; las personas mayores como si les hubieran puesto un petardo en el alma, explotaban su euforia a cada risa, sobre todo cuando se contaban algunos chistes.
Sin embargo todos quedaron inertes cuando la leyenda de la Coyolxauhqui o Diosa de la luna se hizo presente, de aquella mujer que la envidia y la ira la habían dejado desmembrada por pretender asesinar a su progenitora, quien en su vientre aguardaba a Huitzilopochtli el Dios de Sol, que resultó ser más poderoso que su hermana.
A detalle los mensajes surgidos del alma se compenetraban en cada uno de los presentes, quienes junto a los narradores se reían del tiempo, ya que nadie les impedía escapar a través del pensamiento.
Cada una de las historias imprimía un ambiente diferente, guías de distintas épocas, momentos, instantes, búsqueda de las raíces que nuestros antepasados sembraron con tesón.
Chicos y grandes no podían evitar encontrar en el detalle de los movimientos, las voces, mezclados con el replicar de las campanas y el sonido de las aves, el poder imaginar la leyenda del niño perdido, en la cual terminaron peleando las ordenes de los Franciscanos y las Clarisas por un niño Dios que nunca volvió a sus manos.
Las damas reían al pensar en la historia de la machincuepa, la cual contaba acerca de una mujer altanera quien en busca de dinero no le importó hacer el ridículo, con tal de obtener la herencia de su tío. Sin embargo a pesar de estar cubierta en oro, terminó llena de soledad.
De pronto la atmósfera se torno fría y gris cuando le leyenda de Don Juan Manuel de Solórzano se comenzó a exponer, realmente parecía que la muerte soplaba su escalofriante aliento sobre las nucas de los presentes y que el alma de ese hacendado rondaba en busca de poder descansar en paz.
Don Manuel de Solórzano era un hombre sumamente celoso, quien en un momento de debilidad se asocio con las tinieblas y el infierno, a cambio de saber quién era el amante de su esposa, engaño que el mismo se había creado tras su inestabilidad y desconfianza. Por eso cada noche salía del portal de su casa para preguntarle a los inocentes que pasaban “¿Qué hora es caballero?, afortunado usted que sabe la hora de su muerte”, y con ello se le daba paso a la muerte al jalar del gatillo.
Así de uno en uno los narradores orales descifran códigos, cuentos, historias fantásticas, pero sobre todo revive el pasado de un pueblo que aún no ha muerto, vive en cada uno de los rincones de esta enorme ciudad. Sin duda son historias que llevan hacia lugares fantásticos, remotos, e increíbles, donde el tiempo no existe, pues gracias a ellas queda sustentado lo que alguna vez se fue y que no se debe olvidar

No hay comentarios:
Publicar un comentario