LA ALAMEDA Central se pinta de color canela, como la piel de esos inconformes campesinos veracruzanos que exigen desnudos a Dante Delgado la devolución de sus tierras. Sin pudor bailan y gritan propuestas que parecen no tener fin. También reciben uno que otro chiflido de los automovilistas al pasar.
Extranjeros caminan a paso lento y admiran detalladamente cada edificio. Una pareja de novios ríe a lo lejos, se mueve al sonar el vals Alejandra, entonado por los organilleros. Uno que otro niño corre detrás de las palomas, como si quisieran volar junto a ellas, pero una expresión de pesimismo se forma en sus rostros al no poder tomarlas.
El Palacio de Bellas Artes, blanco como marfil, se ve imponente y el par de victorias aladas de la torre principal esperan serenamente a que las puertas del recinto se abran. Así, da comienzo la pasarela de murales llenos de historia y misterio del guanajuatense Diego Rivera, homenajeado por su cincuenta aniversario luctuoso.
La pintura Gloriosa Victoria dibuja un escena donde niños yacen en el suelo, mutilados sobre un río púrpura como el color de la injusticia, aunados a la imagen de una mujer que permanece inconsciente sobre el cuerpo de su amado, a la vez que su cabellera lo envuelve delicadamente como si quisiese protegerlo de la maldad y la tiranía.
Personas llenas de impotencia exigen que paguen los hombres pálidos, ataviados con trajes color café, la pérdida de su gente. Mientras tanto, el rostro cruel del general Dwinght David Eisenhower se refleja en la bomba, sobre la cual se recarga un norteamericano para sellar el pacto de la ambición.
El mundo se voltea de cabeza con el Retrato del dirigente del Partido Comunista Mexicano. Y sin importar la rareza del espacio, un hombre de manera decisiva señala con su pluma un documento donde se entrelaza la palabra “Paz”. El cuadro en colores grises se pinta y, en el fondo, aún se notan figuras que no pudieron ser concretadas.
Para los niños retratados en el mural Tradiciones Navideñas la hora de romper la piñata ha iniciado, el cantar clásico de “dale, dale, dale no pierdas el tino” se escucha en el fondo. De la piñata en forma de estrella blanca de color azul, verde y anaranjado, caen cañas, jícamas y mandarinas. Los pequeños vestiditos con gabanes de colores al lado de niñas con largas trenzas corren sin preocuparles estar descalzos o calzar huaraches, pues lo único importante es tomar mucha fruta.
Un grupo de niños mira, asombrado, la forma de las ondas del mural Río Juchitán. De pronto una pequeña, entusiasmada, exclama que las pinturas de Diego le fascinan, pues parece moverse todo: las personas y las mariposas tienen vida propia, como si desearan desesperadamente salir de su cruel encierro.
“En el nombre del cielo, os pido posada”, un grupo de niños canta, lentamente caminan y con vela en mano alumbran el sendero de la pintura Niños, pidiendo posada a la peregrinación. Cuatro nenes cargan la representación de un nacimiento: la virgen María cubierta entre su túnica azul y San José, con su sombrero, se contrastan con luz de luna.
La belleza femenina se dibuja en el mural Vino, Mujeres y Flores. La delicadeza de la piel de aquellas damas es recorrida por la mirada de los curiosos visitantes. Ellas bailan gustosas entre amarillos y abundantes girasoles. Poco a poco los pétalos se dejan caer para liberar las extremidades más representativas de su feminidad. Sin embargo, una tímida mujer prefiere esconderse entre el paisaje verde, hincada.
El gran cómico de la gabardina llamado “Cantinflas”, con su singular caminar, se muestra entre una extensa gama de mosaicos, pantalones cafés sin fajar, gorro blanco y paliacate rojo amarrado a su cuello. Al pasar grita: “¡¿qué pasó, chato?!”, ante la sorpresa de todos los curiosos espectadores.
Emiliano Zapata, entre sus pobladas cejas, deja asomar su seriedad, quizá disgustado por estar separado del majestuoso mural llamado Historia del teatro en México. Los mosaicos de colores difuminan lentamente su semblante enojado para darle vida a sus profundos ojos oscuros.
Trazos grisáceos sobre papel se dibujan, bocetos que fueron intentos y pequeños pasos que después lograrían un gran mural, líneas detalladas intentan darle vida alguna persona. Los bosquejos se muestran inquietos como si esperasen ser terminados y colocados en algún paisaje para sobrevivir por la eternidad como testimonios fieles de un vasto pintor.
Los segundos pasan rápidamente. Es momento de que cada alma salga de las pinturas y se transporte al umbral de la rutina, donde el ajetreo de la vida cotidiana le espera de nuevo: la triste vida cotidiana de una ciudad llena de sorpresas pero también de majestuosidad.
Extranjeros caminan a paso lento y admiran detalladamente cada edificio. Una pareja de novios ríe a lo lejos, se mueve al sonar el vals Alejandra, entonado por los organilleros. Uno que otro niño corre detrás de las palomas, como si quisieran volar junto a ellas, pero una expresión de pesimismo se forma en sus rostros al no poder tomarlas.
El Palacio de Bellas Artes, blanco como marfil, se ve imponente y el par de victorias aladas de la torre principal esperan serenamente a que las puertas del recinto se abran. Así, da comienzo la pasarela de murales llenos de historia y misterio del guanajuatense Diego Rivera, homenajeado por su cincuenta aniversario luctuoso.
La pintura Gloriosa Victoria dibuja un escena donde niños yacen en el suelo, mutilados sobre un río púrpura como el color de la injusticia, aunados a la imagen de una mujer que permanece inconsciente sobre el cuerpo de su amado, a la vez que su cabellera lo envuelve delicadamente como si quisiese protegerlo de la maldad y la tiranía.
Personas llenas de impotencia exigen que paguen los hombres pálidos, ataviados con trajes color café, la pérdida de su gente. Mientras tanto, el rostro cruel del general Dwinght David Eisenhower se refleja en la bomba, sobre la cual se recarga un norteamericano para sellar el pacto de la ambición.
El mundo se voltea de cabeza con el Retrato del dirigente del Partido Comunista Mexicano. Y sin importar la rareza del espacio, un hombre de manera decisiva señala con su pluma un documento donde se entrelaza la palabra “Paz”. El cuadro en colores grises se pinta y, en el fondo, aún se notan figuras que no pudieron ser concretadas.
Para los niños retratados en el mural Tradiciones Navideñas la hora de romper la piñata ha iniciado, el cantar clásico de “dale, dale, dale no pierdas el tino” se escucha en el fondo. De la piñata en forma de estrella blanca de color azul, verde y anaranjado, caen cañas, jícamas y mandarinas. Los pequeños vestiditos con gabanes de colores al lado de niñas con largas trenzas corren sin preocuparles estar descalzos o calzar huaraches, pues lo único importante es tomar mucha fruta.
Un grupo de niños mira, asombrado, la forma de las ondas del mural Río Juchitán. De pronto una pequeña, entusiasmada, exclama que las pinturas de Diego le fascinan, pues parece moverse todo: las personas y las mariposas tienen vida propia, como si desearan desesperadamente salir de su cruel encierro.
“En el nombre del cielo, os pido posada”, un grupo de niños canta, lentamente caminan y con vela en mano alumbran el sendero de la pintura Niños, pidiendo posada a la peregrinación. Cuatro nenes cargan la representación de un nacimiento: la virgen María cubierta entre su túnica azul y San José, con su sombrero, se contrastan con luz de luna.
La belleza femenina se dibuja en el mural Vino, Mujeres y Flores. La delicadeza de la piel de aquellas damas es recorrida por la mirada de los curiosos visitantes. Ellas bailan gustosas entre amarillos y abundantes girasoles. Poco a poco los pétalos se dejan caer para liberar las extremidades más representativas de su feminidad. Sin embargo, una tímida mujer prefiere esconderse entre el paisaje verde, hincada.
El gran cómico de la gabardina llamado “Cantinflas”, con su singular caminar, se muestra entre una extensa gama de mosaicos, pantalones cafés sin fajar, gorro blanco y paliacate rojo amarrado a su cuello. Al pasar grita: “¡¿qué pasó, chato?!”, ante la sorpresa de todos los curiosos espectadores.
Emiliano Zapata, entre sus pobladas cejas, deja asomar su seriedad, quizá disgustado por estar separado del majestuoso mural llamado Historia del teatro en México. Los mosaicos de colores difuminan lentamente su semblante enojado para darle vida a sus profundos ojos oscuros.
Trazos grisáceos sobre papel se dibujan, bocetos que fueron intentos y pequeños pasos que después lograrían un gran mural, líneas detalladas intentan darle vida alguna persona. Los bosquejos se muestran inquietos como si esperasen ser terminados y colocados en algún paisaje para sobrevivir por la eternidad como testimonios fieles de un vasto pintor.
Los segundos pasan rápidamente. Es momento de que cada alma salga de las pinturas y se transporte al umbral de la rutina, donde el ajetreo de la vida cotidiana le espera de nuevo: la triste vida cotidiana de una ciudad llena de sorpresas pero también de majestuosidad.
Escríbeme a: fiasko007@hotmail.com


3 comentarios:
hola bere, la cronica esta padrisima hechale muchas ganas mi proxima periodista favorita bye.
Me encanto la cronica, para ser honesta no he visitado el lugar, pero en realidad al leerla supe perfectamente lo q hay en ese lugar me encanto y gracias a la periodista por darnos esa expresion, felicitando a la revista por tener a gente tan competente, por otra parte me gustaria que presentaran reseñas como estas, para q asi nos motiven a nosotros el publico a visitar esos lugares.
esperando q pasen buen fin de semana se despide Erika G. García Santana
la verdad no acostumbro a terminar de leer un articulo . pero este capturo mi atencion completamente felizito al escritora por su exelente descripcion y facilidad de palabra .... me ayudo hacer mi tarea, sigue asi.
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